jueves, 1 de diciembre de 2016

Los desaparecidos que se buscan con el color de sus nacimientos

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
PH Archivo H.I.J.O.S Tucumán


“Esta es la verdad, no tengo porqué mentir. Es bastante el sufrimiento que pasé y que paso… porque estoy sola en el mundo” Blanca Estela García.

Blanca tiene 76 años y es una testigo sobreviviente de las atrocidades cometidas por la represión en el marco del Operativo Independencia ordenado por María Estela Martínez de Perón. A la fecha del 25 de noviembre de 2016, relató ante el TOF (Tribunal Oral Federal) los hechos que la perjudicaron junto a su hermano Juan José García “Tito”, la esposa de éste Nilda Zelarayán y Francisco Oscar Herrera que por aquel entonces era su pareja.

Corría el verano en el año 1976, el 17 de febrero de aquél año se encontraban en la casa de la calle Libertad al 200: Blanca, Juan José, la madre ambos, Nilda, una pequeña de 11 años y Francisco. En horarios de la madrugada, estaban todos durmiendo cuando un grupo de personas fuertemente armadas ingresaron de manera violenta al hogar, los pusieron contra la pared y comenzaron a preguntar por las actividades políticas de Juan José. Lo que siguió fue la detención de éste, así como también la de Blanca, Nilda que estaba embarazada y Francisco. Luego de vendarles los ojos y atarles las manos, las cuatro personas fueron subidas a dos vehículos separadamente y trasladados a la Jefatura de la Policía.

La mujer recuerda que a partir de ahí, absolutamente todo lo que recibió fue maltrato. En la Jefatura estuvo alrededor de dos semanas recibiendo torturas de las más hostiles que se pueden imaginar. Luego la llevaron al CCD en la ex Escuela de Educación Física –UNT- (hoy facultad) situada en el Parque 9 de julio, en donde percibió que había más gente en las mismas condiciones que ella. Durante la detención en este Centro Clandestino Detención, un día logró bajarse la venda y desde ahí la imagen que vio le quedó grabada en su memoria para siempre: estaban todas las paredes llenas de sangre.
Luego, fue trasladada hacia la Escuelita de Famaillá, en donde los golpes, insultos, denigración y humillación fueron una cuestión de todos los días.

Recuerda que en todos sus traslados fueron tratados peor que animales. Los subían a vehículos y los apilaban a todos juntos, en ningún momento dejaban de castigarlos. “No éramos personas”, dice con tristeza. Blanca comenta que estando vendada y atada, escuchaba las voces de algunos de los detenidos, entre los que pudo identificar la risa de su cuñada Nilda Zelarayán una vez. Pero al que escuchaba casi siempre era a su hermano Tito. Este tosía todo el tiempo porque tenía problemas de asma. Ella siempre escuchaba cómo les pedía a los militares que le llevaran agua o le dieran de comer, y estos a cambio lo golpeaban.

Después de la Escuelita de Famaillá, estuvo en el CCD del Arsenal Miguel de Azcuénaga. En ese lugar, escuchó una noche que los militares hicieron parar a un hombre, y este comenzó a toser, por lo que supo rápidamente que se trataba de su hermano. Recuerda que Juan José preguntaba a dónde se lo llevaban mientras tosía, y luego sólo escuchó unas corridas y disparos. A partir ese día, no escuchó la tos ni la voz de Tito nunca más.

Nuevamente la mujer fue trasladada, esta vez al Penal de Villa Urquiza. Años después, se enteraría por el testimonio de una ex detenida, que Nilda Zelarayán también había estado en el mismo penal, y que en esas condiciones tuvo a su sobrino, “un hermoso varón”, le habría dicho la mujer. Sin embargo, no se sabe nada del niño hasta el día de hoy, por lo que efectivamente se cree que hubo una apropiación del mismo.

Por último, Blanca fue subida a un avión, en el que no olvida cómo sus captores abrían las puertas del mismo y les amenazaban a todos los secuestrados con que iban a tirarlos al vacío. Finalmente estuvo detenida en la cárcel de Villa Devoto en Buenos Aires y fue liberada en 1979.

María Graciela Rossi era vecina de Blanca y Juan José García al momento de los hechos. La testigo contó ante el TOF, que en la fecha del secuestro y en horarios de la madrugada, escuchó golpes fuertes primero y pudo ver luego desde la ventana de su casa cómo un grupo de quizás 15 personas salía del domicilio de los García llevando detenidos a Juan José, Blanca, Nilda y Francisco. María cuenta con el registro en su memoria de que antes de esto habrían gritado “¡abran, policías!”.

María Graciela sabía que Tito tenía una militancia activa, el mismo había participado del “Tucumanazo”, en marchas estudiantiles y cree que militaba en el FAS (Frente Antimperialista por el Socialismo). Sin embargo, no sabe con exactitud a qué se dedicaba “Es duro remontar 41 años. Retrotraerme me pone en un estado de vulnerabilidad emotiva”, agregó. Contó que la madre de Juan José y Blanca, quedó con secuelas psicológicas graves, que se encargó de buscar a sus hijos por todas partes sin que esto le diera resultados favorables. A veces le agarraban crisis nerviosas muy fuertes y la nena de 11 años salía desesperada a pedir ayuda a los vecinos.

Francisco Herrera fue liberado luego de más de un mes de sucedido su secuestro. Por otro lado, hasta el día de hoy no se sabe qué pasó con Juan José García y Nilda Zelarayán y continúan desaparecidos. Tampoco hay noticias sobre el hijo de ambos.


“Esta es la hija del extremista”

Paula María José Paz tenía 13 años el día que secuestraron a su papá. Vivía con su padre y 8 hermanos, más una sobrina que se había criado como una hermana, en la calle Santiago al 3000. Ricardo Benjamín Paz, el padre de la familia, fue uno de los fundadores y militantes activos del Partido Revolucionario Demócrata Cristiano. Tenía un compromiso social muy profundo, realizaba reuniones en su casa constantemente y se preocupaba siempre por mejorar las condiciones del barrio Villa Luján. Le decían “el gaucho” y su casa era llamada por sus amigos como “la laguna del gaucho” ya que debido a su precariedad, se inundaba con las lluvias.

El Partido comenzó a relacionarse con miembros del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), para unir las luchas, sin que los primeros utilizaran las armas como forma de resistencia y combate. El gaucho acobijaba en su casa  a algunos heridos del ERP y mantenía reuniones con ellos.

“Pirucha, me dijeron que me andan siguiendo. Y en cualquier momento me van a encontrar”, le habría dicho un día a su esposa.

Una noche, comenzando el mes de marzo del año 1976, se encontraban algunos de los hermanos en la vivienda de la calle Santiago junto a sus padres. Paula cuenta que de casualidad esa noche no podía dormir, y se pegó un tremendo susto al escuchar golpes en el territorio de la vivienda. Corrió la cortina para ver qué estaba sucediendo y vio a varios sujetos encapuchados y armados. Entró en pánico y quiso salir pero quedó totalmente paralizada, sin poder moverse. Seguidamente uno de los hombres se le acercó y la empujó a la cama junto a sus hermanas, las tapó y les dijo que no miraran. Con 13 años de edad, tenía demasiado miedo de que la abusaran sexualmente porque sabía que era una de las prácticas que los militares y policías hacían durante los secuestros y detenciones. Luego de unos minutos sintieron que les tiraron un cuerpo encima, se trataba del único de sus hermanos varones que esa noche estuvo en el hogar. Uno de los encapuchados les ordenó que contaran hasta 50 y recién podrían moverse. Al cabo de un momento llegó la madre de Paula con una vela, puesto que los secuestradores les habían cortado la luz, y les dijo que los hombres se habían llevado a su papá.

Como “el gaucho” era muy querido por muchísimas personas, algunos se organizaron y lograron que se oficializara su desaparición a través del diario La Gaceta, muchos de ellos se animaron a firmar la denuncia temiendo las consecuencias.

Al cabo de un mes (más o menos) de no tener noticias sobre su padre, una noche Paula lo vio en el baño. Su madre lo estaba lavando en la bañera, el hombre se encontraba completamente ensangrentado y sucio, lleno de porquerías. Le pidieron a la adolescente que no vea, que vuelva después.

Al cabo de un rato, cuando Ricardo Paz se encontraba limpio y vestido, pidió que por favor no apagaran la luz, y comenzó a relatarles algunos de los episodios a los que se vio sometido durante su secuestro. Había estado vendado, atado, recibiendo golpes, “cachiporrazos” y picanas. Lo obligaban a tomar agua del inodoro, le decían “cantá Gardel” mientras se burlaban de él y lo golpeaban. Quedó con muchos problemas de salud tanto a nivel físico como psicológico culpa de las torturas. Debió enfrentarse a numerosas operaciones en la rodilla e iba al psicólogo del hospital público. Sin embargo nunca pudo reincorporarse nuevamente al trabajo. “Curiosamente mi madre murió antes que él” decía Paula.

La familia quedó muy estigmatizada luego de los hechos, no era fácil la vida de los hijos de un ex preso político. Un día en la escuela una de las compañeras de Paula le dijo “esta es la hija del extremista” frente a todos sus compañeros, por lo que la joven intentó golpearla. Cuando volvió a su casa, le comentó lo sucedido a su padre y este le dijo “hija, alejate de esa chica y perdónala”. La familia era muy creyente y participaba de las misas que se realizaban en el barrio. Un día después de la misa, volvía Paula con sus hermanas a su casa y vieron que ésta se encontraba rodeada de vehículos de la policía. Cuando ingresaron, notaron que estos sujetos les habían hurgado la ropa interior y también habían destrozado todo a su paso en busca de material. La familia debió soportar durante mucho tiempo la discriminación y el tormento de haber sobrevivido al Terrorismo de Estado.

Con el regreso de la democracia, el gaucho pudo volver al partido político y recolectar información sobre los lugares en los que lo mantuvieron detenido. Se enteró que estuvo secuestrado en la Jefatura de Policía y luego en el Centro Clandestino de Detención que funcionaba en la entonces Esc. de Educación Física.

La madre de los García murió en el año 1980 y Ricardo Paz en el año 1997 producto de un cáncer terminal.

Paula dice que nunca más volvieron a hablar del tema. Es difícil recodar y hay muchas cosas que no están solucionadas. En los años posteriores a las desgracias, realizó la Licenciatura en Historia y su tesis trató sobre el impacto del Operativo Independencia en Villa Luján, particularmente el caso de su padre. “Lloré, sufrí”, revivió la tragedia y tuvo su especie de duelo, que posiblemente es lo que ahora le permite testificar en el TOF. Sus hermanos que se encuentran vivos, por otra parte, no quieren declarar ni hablar. No se sienten en condiciones de hacerlo. En palabras de Paula Paz: “emplearon el mecanismo del olvido para poder sobrevivir”.

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