miércoles, 10 de mayo de 2017

Una flor para mi madre

Por Marcos Escobar para El Diario del Juicio
La desaparición de una persona, ni presa, ni viva, ni muerta. Utilizada como una herramienta de tortura psicológica contra las personas cercanas a la víctima, no permitiendo el proceso de duelo. Curiosa contradicción discursiva, si tenemos en cuenta que desde la defensa se pretende demostrar que los crímenes cometido durante el Operativo Independencia se dieron en el marco de una supuesta guerra.
Cristina Noemí Córdoba ingresaba a la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal de Tucumán el 20 de abril. Lo hacía con un paso nervioso, pero con la mirada iba ganando confianza a medida que avanzaba hasta el asiento reservado para que pudiera testificar. Sentada observó al presidente del tribunal. Antes de que este pudiera tomarle juramento el Dr. Casasa, dijo con voz clara “Soy hija de Nora Lilia Abdala”.
Para 1975, Cristina vivía con su abuela, en diagonal a la casa donde su madre vivía junto con su compañero José Alejandro Vivanco.
El 25 de julio del 75 la testigo pudo observar por la ventana como su madre era arrastrada fuera de su casa, al mismo tiempo que Vivanco era sacado a golpes. Había un camión apostado en la puerta del domicilio donde ambas víctimas fueron cargadas. Solo se sabe que Victoria Zenaida Brito, vecina y compañera de militancia de Lilia la reconoció por la voz cuando ambas se encontraban secuestradas en el Centro Clandestino de Detención emplazado en la escuela Diego de Rojas en Famaillá.
“Desde la casa de mi abuela pude ver como la golpeaban a mi mamá. Ella estaba embarazada de 8 meses, ni siquiera eso respetaron. También entraron a la casa de mi abuela, un hombre grande y sin identificación me golpeó cuando quise salir a ayudar a mi mamá”
La testigo hace especial mención del hecho particular de que el hombre que ingresó a la casa de su abuela no se identificara. En relación a este detalle se refiere al contexto que se vivía en esa época: “En esa época hacían lo que querían, estaba en todos lados. Subían al colectivo y te revisaban sin permiso, lo mismo hacían en la calle. No respetaban nada. Era como si fuera que ellos eran dueños de hacerte lo que quisieran”.
Según un vecino de la pareja, Vivanco sabía que estaba en la mira de los grupos de tareas de la zona, por lo que intentó esconder a Lilia, pero ella, al ver cómo lo golpeaban, salió de su escondite para intentar que lo soltaran.
La testigo continúa su relato sobre el hombre uniformado que había ingresado su casa: “Después de golpearme me decía que a mi mamá no la íbamos a ver más, que a esa -Turca- la buscaban hace rato, y así, cada dos minutos decía esa Turca. Y mi mamá no era “esa, mi mamá se llamaba Nora Lilia Abdala”. Ellos no tuvieron respeto por nada, ni siquiera por la niña que ella llevaba en la panza. Yo tengo una hermana, y yo la voy a seguir buscando hasta el último día que respire, porque yo la necesito, tengo 55 años y sigo necesitando a mi madre. Yo ya no se si quiero justicia, yo lo único que quiero es que me den aunque sea un hueso de ella, para poder enterrarlo y el dia de la madre ir a dejarle una flor. ¡Diganmé! ¿Dónde está el cuerpo de mi madre?”

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